quinta-feira, 26 de fevereiro de 2009

LA CONCIENCIA DEL ALMA-1






Ya hemos visto que en la India antigua aspiraba vivir, a moverse y encontrar la felicidad en Brahma, espíritu omniconsciente y omnipresente que extiende a todo el universo el campo de su conciencia. Podría objetarse que semejante designio va más allá de las fuerzas humanas. Si esta extensión de la conciencia hubiera de hacerse exteriormente, no tendría nunca fin. Es como si se quisiera vaciar el océano con un cacillo para franquearlo luego a pie enjuto. Cuando desde un principio nos empeñamos en realizarlo todo, acabamos por no realizar absolutamente nada.

Más en rigor, no es cosa tan absurda como puede creerse. El hombre debe resolver todos los días el problema de acrecentar los espacios de su vida y de acomodarse sus cargas. Estas cargas son complejas y hasta excesivas para él; pero el hombre sabe que si procede metódicamente puede aliviarlas. Cuando resultan demasiado complicadas y difíciles de manejar, el hombre conoce la causa; es que no ha sabido encontrar el sistema de distribuir y colocar bien en su sitio el peso que ha de llevar. La búsqueda de este sistema es, en realidad, la de la unidad, la de la síntesis; es nuestro esfuerzo por poner armonía, mediante una adaptación interior, la compleja heterogeneidad de los materiales exteriores. Al esforzarnos en ello, advertimos progresivamente que encontrar lo Único es poseer el Todo.

Tal es la verdad, nuestro más alto y sublime privilegio. Descansa en la ley de esa unidad, que es, a condición de que lo separamos, nuestra fuerza inmutable. Su principio viviente es la fuerza que radica en la verdad, en la verdad de que esa unidad abarca la multiplicidad. Los hechos son múltiples, pero la verdad es una.

La inteligencia animal comprende los hechos; el espíritu humano es capaz de captar la verdad. La manzana cae del árbol y la lluvia desciende sobre la tierra; pero todos esos hechos pueden hacinarse en la memoria sin que alcancemos una conclusión. En cambio, una vez que hayamos comprendido la ley de la gravitación, ya no necesitamos coleccionar hechos hasta el infinito: alcanzaremos una verdad que rige hechos innumerables. El descubrimiento de una verdad es para el hombre un puro goce, una liberación del espíritu.

Un simple hecho es, en efecto, como un callejón sin salida; no conduce más que ha sí mismo y a ninguna parte, mientras que la verdad abre un vasto horizonte y nos conduce hacia el infinito. De ahí que una verdad general simple, descubierta, verbigracia, en biología por un hombre como Darwin, no se limita a su propio objeto, sino que ilumina toda una región del pensamiento y de la vida y va mucho más allá de su designio primitivo, cual una lámpara que proyectase su luz mucho más lejos de lo que se proponía iluminar. Y así vemos que la verdad, al englobar todos los hechos no es un simple agregado de hechos, puesto que lo supera por todas partes y nos indica la realidad infinita.

En el dominio de la conciencia como en el del razonamiento, el hombre debe realizar claramente una verdad central que le abra la visión sobre el más vasto campo posible. Tal es el sentido de la Upanishad cuando nos dice:



Conoce el alma que es tuya.



En otros términos, realiza el gran principio único de la unidad que está en todos los hombres.

Todos nuestros impulsos egoístas nuestras miras personales enturbian la verdadera visión del alma, puesto que solo conciernen a nuestro propio y mezquino ego. Al adquirir conciencia de nuestra alma percibimos el ser interior, que, superando a nuestro ego, posee sus más hondas afinidades con el Todo.

Cuando los niños empiezan a aprender el alfabeto no sienten en ello el menor placer, puesto que no alcanzan la verdadera finalidad de la lección. Y es natural que mientras sean unas letras aisladas lo que reclama nuestra atención, esas letras nos fatiguen. Sólo pasan a ser una fuente de goces cuando se agrupan en palabras y frases para transmitirnos una idea.

Asimismo, nuestra alma, separada y aislada en los estrechos límites del ego, pierde su significado, puesto que su esencia misma es la unidad. Sólo puede revelar su verdad cuando se unifica con otras, y sólo entonces conoce su alegría.

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